Categoría: Cine - Cultura y Arte
Madrid, como capital de España, y teniendo en cuenta que durante cuarenta años la dictadura de Franco mantuvo el centralismo como argumento político y social, es natural que haya sido, en numerosas ocasiones, escenario principal de múltiples producciones que han reflejado, no siempre, sí en ocasiones, todo lo que se cocía en el Foro.
El espíritu castizo, expresado con un acento perdido, todavía echado de menos, nunca se ha visto tan bien retratado como en las versiones fílmicas de distintas obras de zarzuela. Si nos centramos en
La verbena de la Paloma, uno de los pilares del género chico, sólo este título se ha visto llevado en tres ocasiones a la gran pantalla.
1921, 1934 y 1963 son los años en los que se produjeron las distintas versiones, pero es en la última de ellas, dirigida por José Luis Sáenz de Heredia y protagonizada por Concha Velasco, en la que se nos cuenta que, en realidad, el Madrid de los sesenta seguía estructurado tal y como aparece en la obra musical del siglo anterior.
Sin embargo, la inocente sociedad madrileña que se retrata en dicha obra ocultaba, en realidad, una capital con tintes agridulces y siniestros, una ciudad en la que muchos desheredados de la vida se las veían y deseaban para salir adelante en su sencilla existencia. Con tintes barojianos,
Surcos (1951), de José Antonio Nieves Conde, contaba en el desarrollo del guión con la sabiduría de Gonzalo Torrente Ballester. La secuencia final en la que María Asquerino se dirige al viaducto de la calle Segovia para tirarse desde el mismo, una “costumbre” que, en determinados momentos se convertiría en casi una atracción de la capital, es un momento fílmico que, quien lo ha visto, no lo puede olvidar.
En esa misma línea, aunque no tan amarga, nos encontramos con
Mi tío Jacinto (1956), de Ladislao Vajda. Comenzando en las afueras de aquel Madrid de posguerra en el que lograr un cuartillo de leche era toda una odisea, la historia, contada a través de los ojos del niño interpretado por un inspirado Pablito Calvo, nos lleva a la vida picaresca, poco legal, que se movía alrededor de las calles del Rastro. Todo un retrato de los subterfugios de los que se servían los ciudadanos de a pie para ganarse las lentejas.
Comienza el declive de la dictadura franquista y los cineastas, poco a poco, comienzan a incluir elementos de la vida diaria que antes no se podían ni insinuar. Entre ellos, destaca el director maldito por excelencia, Eloy de la Iglesia, quien con películas como
Navajeros (1980), El pico (1983) y El pico 2 (1984) nos llevaba a un Madrid lumpen, barriobajero, en el que los chavales se dejaban utilizar sexualmente por homosexuales maduritos de buena posición económica. De trasfondo, las calles del centro y de las barriadas destacando como perfecto escenario.
También es a principios de los ochenta cuando surge lo que muchos críticos dieron en llamar la “comedia madrileña”. Frente a lo alternativo que había supuesto el cine barcelonés con su gauche divine, nombres como Fernando Trueba -
Opera prima (1980)- o Fernando Colomo -¿
Qué hace una chica como tú en un sitio como éste? (1978)- saltan con fuerza al panorama nacional con unas comedias costumbristas muy bien traídas a la actualidad de aquel momento.
Los tiempos se han actualizado y el famoso movimiento de la movida madrileña comienza a invadir las pantallas con productos como
A tope (1984), de Ramón Fernández, un larguísimo videoclip en el que aparecían todos los grupos pop del momento. Pero también hay cabida para volver la vista atrás y Mario Camus nos trae a la pantalla la genial adaptación de Camilo José Cela,
La colmena (1982), un retrato certero de múltiples personajes del Madrid de la posguerra con la que obtiene el Oso de Oro en el Festival de Berlín.
Corre 1987 cuando llega a las pantallas la que muchos consideran el mejor documento de la capital, Madrid, de Basilio Martín Patino. Teniendo como guía de la ciudad al personaje creado por Verónica Forqué, un alemán es conducido por todos los lugares fundamentales de la ciudad que da título a esta cinta.
Si para Woody Allen Nueva York ha sido la ciudad-musa de su carrera, igualmente se puede equiparar lo que ha sido Madrid para nuestro cineasta más internacional, Pedro Almodóvar.
Pepi, Luci y Bom y otras chicas del montón (1980), Laberinto de pasiones (1982), que también recreaba el ambiente del Rastro, y
Matador (1986) son claras muestras de lo importante que sido la ciudad que nos ocupa en la carrera del oscarizado cineasta.
Es
1995 y Montxo Armendáriz lleva a la gran pantalla la versión de
Historias del Kronen, primera novela del siempre interesante José Angel Mañas que se había convertido en todo un éxito de ventas. Juan Diego Botto, dando vida al niño de papá protagonista, papel tan bien interpretado que la gente sigue confundiendo al comprometido actor con dicho personaje, nos llevaba de la mano por la vida nocturna, y pijo-canalla de la ciudad.
La Gran Vía es, qué duda cabe, uno de los referentes fundamentales de Madrid. Y nunca se ha visto tan bien retratada como en esa carrera onírica que Eduardo Noriega se mete por dicha vía en
Abre los ojos (1997), del también oscarizado Alejandro Amenábar.
Como ejemplo reciente, Fernando Colomo, uno de los padres de la “comedia madrileña”, nos imbuía el pasado verano en
El próximo Oriente (2006), un retrato indiscutible y certero del barrio de Lavapiés. Dicha área, en tiempos una de las zonas castizas por excelencia, se ha convertido en los últimos años en un foco multicultural en el que siguen aprendiendo a convivir propios y extraños.
Haría falta mucho más espacio para ahondar en este interesante tema de Madrid como escenario de cine. Pero, ante la evidencia, quizá nos valga como compensación que la Comunidad de Madrid sigue siendo la que mayor número de rodajes alberga a lo largo del año en toda España. Una garantía de que a Madrid le queda mucha carrera como escenario cinematográfico ideal.
Texto por Manuel Lechón